Panamá se ha convertido en una de las ciudades con mayor concentración de rascacielos por habitante de América Latina. Sin embargo, detrás del crecimiento vertical emerge una consecuencia poco visible: la infancia está perdiendo el espacio para jugar.
Cada vez más niños pasan del apartamento al automóvil, del automóvil a la escuela y de la escuela a otra actividad bajo techo. El juego libre al aire libre, que durante décadas fue parte esencial del desarrollo infantil, está desapareciendo.
«Lo que más me preocupa es el sedentarismo. Las actividades digitales están desplazando el movimiento y el juego espontáneo, mientras las rutinas de los niños son cada vez más estructuradas por los adultos», advierte el médico paidopsiquiatra, Luis Acosta.
La consecuencia ya preocupa a especialistas de todo el mundo: una generación que domina la tecnología, pero presenta dificultades para correr, saltar, trepar, lanzar una pelota o mantener el equilibrio. Ese fenómeno recibe el nombre de analfabetismo motriz, una condición asociada al escaso desarrollo de las habilidades motoras fundamentales durante la infancia.
Una ciudad con poco espacio para la niñez
El Plan Estratégico Distrital del Municipio de Panamá señala que la ciudad dispone de apenas 1.54 metros cuadrados de espacio público por habitante, muy por debajo de los 9 metros cuadrados mínimos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El inventario de la Dirección de Gestión Ambiental de la Alcaldía contabiliza 617 áreas verdes, de las cuales 507 corresponden a parques y plazas. Sin embargo, la distribución es profundamente desigual. Mientras Ancón concentra 94 espacios verdes, San Martín tiene apenas tres; Santa Ana, nueve; y Curundú, Chilibre y El Chorrillo cuentan con solo diez cada uno. En sectores altamente urbanizados como Obarrio, donde residen más de 5,000 personas, la disponibilidad de parques representa menos de la quinta parte de lo que sería deseable para su población.
La situación resulta especialmente crítica en corregimientos como San Francisco, Punta Paitilla, Costa del Este, Punta Pacífica y los ejes de Calle 50 y Avenida Balboa, donde la zonificación permite las mayores densidades residenciales del país. En San Francisco, por ejemplo, el límite de altura pasó de 15 a 40 pisos y el corregimiento fue uno de los que más creció según el Censo 2023. Para miles de familias, la infancia transcurre entre elevadores, estacionamientos y apartamentos.
Niños que dominan un celular, pero no saben saltar
Cuando desaparece el espacio para jugar, las pantallas ocupan ese lugar. «Las pantallas no son el problema en sí mismas. Ofrecen oportunidades importantes. El problema aparece cuando sustituyen por completo el movimiento y la interacción con otros niños», explica Acosta.
Correr, trepar, mantener el equilibrio, calcular riesgos, inventar reglas o resolver conflictos durante un juego son experiencias que ningún dispositivo puede reemplazar completamente y que resultan esenciales para el desarrollo neurológico, emocional y social.
«Vemos niños con dificultades de rendimiento escolar, hiperactividad, problemas de atención y adolescentes que evitan cualquier actividad física porque crecieron sintiéndose torpes para el deporte. Esa falta de confianza termina alejándose aún más del movimiento”, asegura.
El problema no puede recaer solo sobre las familias
Para Acosta, responsabilizar exclusivamente a los padres ignora la realidad urbana de Panamá. «No podemos decir simplemente que las familias lleven más a sus hijos al parque cuando buena parte del día transcurre entre el tráfico, largas jornadas laborales y una ciudad con pocos espacios adecuados para jugar.»
A ello se suma el clima tropical, con altas temperaturas durante todo el año y lluvias frecuentes, que limita aún más el uso de espacios abiertos cuando estos carecen de sombra, baños, mobiliario o infraestructura adecuada.
«El desarrollo urbano ha respondido principalmente a las necesidades de los adultos. Los niños han quedado fuera de la planificación de la ciudad”, expresa. El especialista sostiene que no basta con construir grandes parques emblemáticos.
«La verdadera diferencia la hacen los espacios de proximidad: parques seguros a pocos minutos de casa, con sombra, accesibilidad peatonal, control del tráfico y áreas diseñadas según las edades de los niños”, añadió.
Un desafío urbano y de salud pública
UNICEF recomienda que los niños entre 3 y 4 años realicen al menos 180 minutos diarios de actividad física, mientras que la OMS establece que los menores de entre 5 y 17 años necesitan 60 minutos diarios de actividad física moderada o intensa.
La propia OMS advierte que el exceso de tiempo frente a las pantallas desplaza el sueño, el juego activo y el movimiento, pilares fundamentales para un desarrollo saludable.
Acosta agrega otro riesgo creciente, «Cada vez que resolvemos una emoción entregando una pantalla, perdemos una oportunidad para que ese niño aprenda a autorregularse. Estamos formando adultos con menor tolerancia a la frustración.»
El especialista concluye que el desafío trasciende la tecnología. «La tecnología llegó para quedarse. El problema no son los dispositivos, sino una ciudad que construyó hacia arriba y olvidó construir espacios para la infancia. Recuperar el parque, el patio y el juego no es un asunto de nostalgia; es una inversión en el desarrollo físico, emocional y social de la próxima generación».
